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visitando “el César Carlos”… (Sota, 1967-70)

30.10.2013

Colegio Mayor César Carlos - SOTA

“Pero, profesor… no entiendo por qué nos han llevado a ver ‘el César Carlos‘. ¿Me lo podría explicar?”

Volvíamos en autobús de regreso a Valladolid. Era ya de noche, y el día había sido intenso. Pero no podía quedarme sin ese regalo que los estudiantes te entregan con generosidad impagable cuando eres su profesor: sus pensamientos. Me dirigí al final del bus, allí donde se suelen siempre reunir los más “rebeldes” en cualquier excursión (como todos sabemos), con la intención de saber qué les había gustado más de ese viaje de estudios a Madrid a ver a Fisac (Centro de Formación del Profesorado), Oíza (torre Banco Bilbao) y Sota (colegio Mayor César Carlos), y la exposición en paralelo de la obra de Fisac y Sota en el Museo ICO (magnífica, por cierto). El resultado de la encuesta concluyó sin unanimidad; pero en medio del cruce de comentarios, uno de los estudiantes alzó la voz y formuló la pregunta citada al comienzo de este post. La inocente pregunta era, en realidad, un “dardo envenenado” para cualquier profesor de una Escuela de Arquitectura (como es mi caso), si bien he de reconocer que quien la formulaba no parecía mostrar “aviesas intenciones”.

Sí, querido lector, en realidad la cuestión era dilucidar los valores arquitectónicos de un edificio que nadie discutiría por su calidad. Debo confesar que siempre me pareció una insensatez hablar de una obra si haberla visitado, sobre todo si la opinión no es favorable. Yo, como un estudiante más, acababa de visitar el edificio de don Alejandro por vez primera, y, por tanto no tenía una opinión muy formada hasta entonces. No sé si la tengo ahora, tras la visita, pero al menos pude responder a la pregunta con conocimiento de causa, casi con las sensaciones y emociones a flor de piel…

No pretendo convertir a este post en una explicación de una obra tan insigne como el colegio mayor César Carlos, que hasta tiene libro monográfico propio. Pero sí compartir contigo una de las lecciones que aprendí cuando era estudiante universitario: la mejor clase de Arquitectura se recibe visitando los edificios, no leyendo libros. No me malinterpretes, no estoy lanzando un ataque a ese maravilloso compañero de viaje que es y será siempre un libro… En absoluto. Pero es cierto que a menudo la crítica y la docencia arquitectónica se ha elaborado desde un despacho, sin haber pisado el edificio en cuestión. Ese, desgraciadamente, ha sido uno de los grandes males de la divulgación en Arquitectura, y, en mi opinión, debiera ser combatido con firmeza para revalorizar el auténtico ejercicio crítico. Comentar y, aún peor, criticar una obra sin haberla visto en su lugar es una necedad. Cualquier análisis pasaría por alto temas tan decisivos como el paisaje circundante (vistas, orografía, entorno natural), la relación con la ciudad (accesos, morfología urbana), el clima local (orientación solar, vientos dominantes). Y otros, no menos importantes pero a menudo “grandes olvidados” factores como la calidad de la luz solar (tipo de cielo), la relación con el vecindario (sociología urbana, niveles acústicos del entorno), y, lo más importante, sus usuarios o propietarios.

En “el César Carlos”, Sota demuestra una clara voluntad de dar un sentido a un solar, más allá incluso de los edificios que lo ocupan. El entorno de tranquilidad en la Ciudad Universitaria madrileña, el desnivel del solar, las bellas vistas disponibles y un colectivo de jóvenes opositores a los que se ofrecía alojamiento y servicios colectivos (culturales, deportivos, de esparcimiento) son claves en el resultado final. Es aquí donde el maestro Alejandro de la Sota nos enseña cómo una idea de arquitectura está al servicio de una comunidad tan peculiar, para la que el arquitecto procura unos espacios presididos por el recogimiento, por el silencio preciso para cada individuo. Pero al tiempo, un conjunto arquitectónico que favorezca los vínculos entre los habitantes, como si se tratase de monjes dentro de un monasterio. Como él mismo reconoció:

“El destino de un Colegio Mayor es el de bien estudiar y bien convivir en él. El definir tan claramente el fin de las cosas ayuda a su resolución.”

“Se intenta desmasificar dividiendo y dividiendo los grupos humanos hasta llegar al grupo cuyo número permite la relación directa. Esto permite que dentro de una posible serie de crecimiento indefinido, no se deshumanicen las relaciones

(véase la memoria del proyecto en el archivo digital de la Fundación Alejandro de la Sota)

Es así como entendemos la manipulación del terreno en diferentes plataformas, la voluntad de dispersar los volúmenes por el solar (en vez de unificarlo todo en un único volumen), la importancia de las plantaciones de árboles (hoy enormes y hermosos castaños estratégicamente situados en el solar), la ubicación de cada actividad en los edificios (cada pieza es mezcla de usos individuales y colectivos, no hay segregación funcional estricta), las cubiertas como privilegiadas terrazas habitables… y hasta temas tan aparentemente menores como el paso subterráneo entre los edificios, la distribución de masas arboladas y su escala respecto a los edificios, los desembarcos a media altura entre pisos de dormitorios, la forma escalonada y jerarquizada en planta de las habitaciones, o el tratamiento del plano del suelo en los recintos exteriores (el tallado del patio rehundido junto a la biblioteca, las calzadas diagonales hacia los bloques de apartamentos o el peldañeado en derrame hacia la piscina y la cancha de tenis son, por citar algunos, verdaderamente modélicos).

Alejandro de la Sota - colegio mayor César Carlos

Estas (y otras muchas) apreciaciones son imposibles de contemplar de no haber visitado esta obra, que ahora admiro “por voluntad propia”, no por la borreguil asunción opiniones ajenas… Escuchar a sus actuales usuarios hablar con orgullo del colegio mayor César Carlos, asombrarse antes las particularidades de las diversas habitaciones que ellos llaman “ratonera“, “salchicha“, y “suites” (gobernadas todas por un máximo aprovechamiento del espacio disponible en base a un compromiso mueble-habitación admirable), asistir a la vida en sus espacios colectivos, y observar cómo se apropian de sus espacios al aire libre proporcionan suficientes argumentos para responder a la pregunta que, como profesor, debía atender.

Reconozco que, tras mi breve explicación, muchos de los estudiantes quedaron bastante convencidos del interés de esta obra, pero no por mis argumentos sino porque cada cual comenzó a reconocer los valores arquitectónicos de una manera más consciente de lo que lo habíamos hecho durante la visita. Reivindico esta experiencia como ineludible para crecer como arquitecto, y más aún como estudiante (pese a que los actuales planes de estudios no favorezcan esta labor en absoluto en la actualidad), cuando las ideas preconcebidas aún no ahogan la capacidad de juicio y sorpresa. Dejarse llevar hasta emocionarse al visitar la Arquitectura es una experiencia que no nos pueden hurtar, por mucho que el Código Técnico sea un vademecum para el profesional de turno, o por más que los pedagogos del Plan Bolonia no sepan entender nuestra particular forma de aprendizaje. Y actualmente, sumidos en una atmósfera de baja autoestima y descrédito, ¿qué mejor reclamo que la buena Arquitectura para reconsiderar nuestro papel social y cultural como arquitectos?

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2 comentarios
  1. Gracias por este nuevo regalo en forma de post.
    Muy pertinente, además, la reflexión final en el día en que volvemos a manifestarnos en defensa de la profesión.
    Quizá la visita a un buena Arquitectura hubiese resultado mucho más útil que los dibujos.
    Abrazos!

    • Gracias a ti, Raquel, por tus cariñosas palabras y tu aportación.
      Seguiremos defendiendo la Arquitectura y la figura del arquitecto, a ver si entre todos recuperamos una visión más profunda y veraz de este oficio del que Sota fue gran maestro.
      Gracias por aceptar mi compañía el día de la visita… la repetiremos (en Madrid o en Valladolid), seguro!!!

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