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la capilla de los Siren en Otaniemi (1957)…

24.01.2014
capilla Otaniemi - Siren

H.Siren & K.Siren: interior de la capilla de Otaniemi.

No sabría decirte el motivo, querido lector, pero llevo una temporada navegando por la arquitectura de los años 50. Uno tiene sus debilidades y la cabra nórdica tira al monte… esta vez para aterrizar en Otaniemi, donde el matrimonio de arquitectos Heiki y Kaija Siren realizaron una capilla maravillosa allá por 1956-57 , indudablemente una de esas pequeñas grandes obras de la Arquitectura Moderna de la posguerra. Sí, justo al lado de la Escuela de Arquitectura de Alvar Aalto (1959-64) y del club de estudiantes Dipoli de Reimä Pietila (1961-66).

La capilla, a mi juicio, es un homenaje al ser humano, casi en clave existencialista me atrevería a decir. Es, ante todo, un lugar donde el hombre se reencuentra a sí mismo. Y en ese retorno al ser-uno-mismo, la Arquitectura también se encuentra a sí misma, desnuda, desprovista de todo lo superfluo para darle sentido al espacio en relación al emplazamiento y a su función. En esta obra, la estrategia de los Siren roza lo místico, al definir el ámbito de intervención con un sencillo límite espacial: dos muros paralelos de ladrillo macizo que delimitan los lados largos del área rectangular que ocupará el edificio. Los otros dos lados son menos nítidos, y acaso los define el propio bosque, pues los arquitectos hubieron de despejar su frondosidad para sustituirla por su nuevo y discreto edificio.

Encontrar un claro en el bosque fue siempre una de esas claves con las que la cultura nórdica jugó siempre, empezando por su literatura infantil. En Arquitectura fue una metáfora de raíz casi romántica que se inició en el jardín danés de Liselund, y que rescató el gran E.G.Asplund (tras pasar en Liselund su particular luna de miel en bicicleta) para mostrarnos su bella y célebre Skogskapellet (capilla del Bosque) del Skogskyrkogården en Estocolmo. Pero la propuesta de los Siren va más allá de esa metáfora, abandonando esa visión romántica por una más propia de la mirada moderna, y, en su caso, descarnada.

La pequeña iglesia queda siempre oculta a la vista del paseante y solo al toparse con las altas tapias de ladrillo rojo (ese que tanto gustaba a Aalto), uno reconoce su presencia. De ahí en adelante el promenade architecturale se va pausando, ralentizando, casi anticipando esa percepción kinestésica que logró S.Lewerentz en su sorprendente iglesia de San Pedro en Klippan (1962-66). Primero se descubre el atrio, espacio de preparación antes de ingreso al edificio religioso. Allí uno siente la fragilidad e inconsistencia del ser a través de las delicadas celosías de madera con las que se construyen los cerramientos de la valla y del moderado campanario que preside el vacío. Y luego su espacio interior, que nos es velado previo paso por un umbral oscuro, auténtico nártex de entrada al espacio sagrado de los fieles. Dentro ya, el ladrillo orienta el espacio, confinado como queda entre sus muros y el suelo, también en color rojo y aparejado a matajunta. La cubierta inclinada dirige la luz desde las espaldas del visitante hacia el altar, con unas cerchas de carpintero trianguladas por cables que parecen evocar el histórico orden de naves paralelas hacia el presbiterio, pero que aquí no se apoyan en el suelo en aras a unificar el espacio. En su lugar, los teóricos “fustes” de las columnas entre naves son remplazadas por cada haz de luz artificial proyectado desde el extremo inferior de cada pendolón de la cercha.

H.& K.Siren: acceso desde el bosque al atrio previo a la capilla de Otaniemi (1957)

H.& K.Siren: acceso desde el bosque al atrio previo a la capilla de Otaniemi (1957)

H.& K.Siren: planta de la capilla Otaniemi (1957)

H.& K.Siren: planta de la capilla Otaniemi (1957)

H.& K.Siren: cerchas de la capilla de Otaniemi (1957)

H.& K.Siren: cerchas y techo de madera bajo la cubierta inclinada a un agua en la capilla de Otaniemi (1957)

Mención aparte merece la “cabecera” (aunque el sentido antropomórfico clásico ha sido desterrado por los arquitectos aquí), quizá el punto más delicado y al que tantos esfuerzos dedicaron sus autores. Extendido de lado a lado del espacio, apenas está elevado dos peldaños del nivel horizontal general, intentando crear la mínima interferencia entre el objeto de culto y la comunidad de fieles allí presentes. El sacerdote es un mero servidor, uno más de la comunidad y no un privilegiado en su jerarquía, como queda patente si uno observa con atención los mínimos elementos con que se resuelve el altar. El proceso de esencialización supuso una gran batalla al reducir el repertorio de elementos sagrados que lo habrían de ocupar, que incluso llegó a convertirse en doloroso tras estar diseñando los

candelabros durante más de un año para finalmente abandonar la idea por no lograr dar con ningún diseño satisfactorio ni compatible con el espacio construido. Éso sí que es “renunciar a hacer”, cumpliendo el célebre aforismo beinache nichts de Mies van der Rohe (lo del less is more es un invento del marketing americano de la figura de Mies), figura latente en todo el proyecto de los Siren. Y no nos queda duda de ello cuando finalmente admiramos el retablo de la capilla: una enorme cristalera hacia el paisaje. Como en sus casas patio, o en sus célebres casas Resor y Farnsworth, es límite del espacio trasciende al exterior, último límite del mismo. En Mies el espacio es siempre infinito, abstracto; pero los Siren lo hacen concreto, palpable, “aprehensible” con la mirada. Por eso acotan el espacio tras el presbiterio a unos pocos metros, suficientes para situar la cruz de acero (dos perfiles H soldados) centrada tras la mesa del altar y con la misma altura que la cristalera que la enmarca, destacando con sus duros rasgos contra la textura menuda del bosque de coníferas que la respaldan.

Admirable es el gesto de descentrar, en cambio, la posición del altar respecto al espacio del presbiterio: de los cuatro vanos acristalados, el altar ocupa el segundo por la derecha según se mira al entrar en la capilla, dejando el atril de lectura en el primer vano y la casi invisible pila bautismal en el cuarto. Es decir, que el tercer vano, el que se corresponde con el centro del espacio (recordemos que hay un quinto vano a la derecha, tan ancho como la entrada y que se prolonga al exterior, pero no es transparente), queda libre de cualquier obstáculo en el presbiterio, dejando así en el centro del teórico retablo a la imagen de la santa Naturaleza. Pero la maestría de este juego de mínimos no acaba ahí, querido lector. En realidad, por muy iconoclastas que fueron sus autores, tuvieron el esmero de situar con suma precisión la cruz de hierro, alejándola de la cristalera lo necesario para que fuera lo primero que viéramos al abrir las puertas de la capilla (pegados al muro) ocupando el vano central en la vista en escorzo. Todo un tratado de topología y fenomenología arquitectónicas. Es cierto que la referencia a la notable presencia de la naturaleza en la capilla de la Resurreción de Erik Bryggman (Turku, 1939-41) es inevitable, pero allí el foco aún sigue siendo el altar y la cruz bajo el arco triunfal del presbiterio, y no deja de serlo por mucho que los asientos de los fieles fueran ligeramente girados hacia el bosque que se ve recortado en el lateral de la capilla.

H.& K.Siren: altar y cruz de hierro de la capilla de Otaniemi (1957)

H.& K.Siren: altar y cruz de hierro de la capilla de Otaniemi (1957)

Al final del trayecto, el espectador encuentra el sentido último en la madre Naturaleza, alfa y omega de nuestra existencia y también del paseo al que nos han invitado y dirigido cautelosamente, sin que nos diésemos cuenta, los arquitectos de esta insigne obra. Esa idea del “eterno retorno” es acaso último refugio de la trascendencia para el hombre moderno como sugirió Nietzsche. Lástima que los autores de las Historias de la Arquitectura del siglo XX ni siquiera la mencionen… pero, mientras, querido lector, seguiremos rescatando y disfrutando de episodios tan lúcidos y emocionantes como éste, mal que les pese a ésos que se permiten el lujo de desmitificar el papel humanista que la (buena) Arquitectura es y será capaz de proporcionarnos. Disfrutad de la visita…

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2 comentarios
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