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fans de la arquitectura moderna española…

12.05.2015

 

II congreso "Pioneros de la Arquitectura Moderna Española" (mayo 2015): el arquitecto J.P.Capote (izq.) y la mesa de moderadores a la conclusión del mismo. [Fotos cedidas amablemente por mi amigo Carlos Bento Company].

II congreso “Pioneros de la Arquitectura Moderna Española” (mayo 2015): el arquitecto J.P.Capote (izq.) y la mesa de moderadores a la conclusión del mismo. [Fotos cedidas amablemente por mi amigo Carlos Bento Company].

Escribo este post al regresar del II Congreso “Pioneros de la Arquitectura Moderna Española” este pasado fin de semana. Es la segunda edición, y asistí en calidad de participante con una comunicación escrita pero no como ponente (papel que sí tuve el placer de ocupar en la primera edición del año pasado con esta investigación sobre Coderch, Fisac y de la Sota), lo cual me ha permitido ver con un poco más de perspectiva este congreso. No pretendo hacer una crónica del mismo (algo podéis ir leyendo por mis perfiles de FB o TW, o por los de amigos-ponentes David García-Asenjo, Silvia Blanco y Antonio S.Río, o de amigos-oyentes como Luis Díaz Feria, María Pura MorenoCarlos Bento, Nuria Prieto o Alberto Ruiz). Me parecía oportuno plantear ciertas cuestiones que sobrevolaron en el ambiente del congreso y que salieron del peor modo en su “mesa de conclusiones”. Podría haber sido otro evento, podría haber sido protagonizado por otro organizador u otras personas (prefiero pensarlo así, pues todos ellos me merecen mi máximo respeto), pero en todo caso, ese desenlace bien merece una pausa para la reflexión, querido lector.

Empecemos por el final, pues…

La mesa de conclusiones del congreso, ocupada por personas relevantes que actuaron como moderadores de cada una de las mesas de debate tras los grupos de ponencias respectivos, arrojó multitud de dudas y reproches. Es verdad que se trata solo de la 2ª edición, y que aún es pronto para juzgar ni criticar su organización como uno de ellos advirtió. Vaya por delante mi adhesión enérgica a la causa para nuevas re-ediciones, como manifesté públicamente en la sala. Se trata de un congreso que intenta rescatar el papel de “pioneros” que se vieron obligados a asumir los arquitectos nacidos en las décadas de 1910 y 1920, es decir, cuya obra pertenece al período más duro de un país arrasado por el desastre de la Guerra Civil y bajo un régimen dictatorial. En realidad no solo habría que llamarlos “pioneros” sino auténticos “héroes“, tanto por su encomiable labor en condiciones dificilísimas como por las “hazañas” arquitectónicas que fueron capaces de soñar y construir.

En esta edición se habló mucho y bien sobre obras maravillosas (véase el programa de intervenciones), aunque algunos advirtieron una falta de un cierto “ejercicio crítico” sobre ellas, como se presuponía en el enfoque de las investigaciones para esta edición. Aunque pudiera ser así, no tengo muy claro que mi generación (esa de los arquitectos que crecimos con La Bola de Cristal, estudiamos escuchando a R.E.M., U2 o The Cranberries, y comenzamos a usar el Autocad en las ETSAs pese a la oposición de nuestros profesores) esté ya en la posición para hacerlo. La gran mayoría nos hemos tenido (o están teniendo) que pagar el altísimo costo de nuestras interminables tesis, y éso sin saber si alguna vez servirá para acabar siendo profesores fijos con sueldo digno en alguna Escuela de Arquitectura (pues las tesis, en España, otro reconocimiento profesional o social no tienen, desgraciadamente). Quienes reclaman ese erudito ejercicio crítico parecen haberse olvidado del tipo de tesis que hicieron en su día (en calidad y cantidad, mucho menos interesantes que las que hoy se hacen, salvo honrosas excepciones), y las condiciones en las que las pudieron realizar: con las expectativas de convertirse en funcionarios (no simples profesores) al poco tiempo de haberla defendido (la ANECA no existía), y con una actividad profesional extra-académica que les permitía sufragar ampliamente sus “caprichos” como investigadores académicos.

Quiero reivindicar desde aquí, querido lector, toda esa ingente labor de investigación de esta generación de investigadores que estamos intentando recuperar el legado histórico de la Arquitectura de nuestro país a la que generaciones anteriores de académicos han dedicado tan pocos esfuerzos hasta fechas recientes. De momento quizá “solo” podamos aportar desarrollos descriptivos, o de catalogación, o de archivo, pero éso ya es mucho de por sí. Quizá en unos años, una vez destejida la maraña de datos confusos e inconexos, podamos comenzar a reconstruir ese tejido dañado con la ayuda de los expertos y discípulos de quienes ahora estudiamos. Hay mucho por hacer en este campo, pero lo asumimos como nuestra responsabilidad hacia generaciones futuras, sobre todo para argumentar la salvaguarda de aquéllas obras del Patrimonio Arquitectónico Moderno aún en pie (como ha ocurrido con la fábrica CLESA), y también para aprender de los errores y aciertos que dichas obras nos aporten leídas con nuestros ojos críticos de hoy: como ya nos advirtió Borges en “Pierre Menard, autor del Quijote”, cada generación construye su propio Quijote, pues en cada tiempo las frases adquieren un sentido muy diferente al ser leídas.

En todo caso, a lo que no debe contribuir este tipo de esfuerzos es a crear más división entre nosotros. En el congreso se oyeron voces reclamando luz sobre los arquitectos exiliados (uno de esos grandes capítulos olvidados de nuestra “memoria histórica” y verdaderamente difícil de reconstruir hoy),  o amplificando la enorme valía de solo una reducida selección de obras “verdaderamente modernas” sobre las que continuamente hablamos  en España, o sobre la preponderancia del factor humano del “arquitecto” sobre las obras producidas por una generación. Estando de acuerdo con esas “reclamaciones”, no comparto que para ello haya que hacerlo en detrimento de los que trabajaron “al amparo de la dictadura” en España, o menospreciando la calidad de obras aisladas de arquitectos “de segunda o tercera fila” cuya trayectoria seguramente fue bastante discreta pero que sí logró dejarnos algún brillante destello en su camino. No podemos comparar obras, como no podemos comparar autores; eso no tiene sentido, y menos si se hace desde posiciones claramente subjetivas, pues los juicios críticos no serán valiosos para nadie.

Una vez escuché a un magnífico profesor catalán que no se debía ejercer la crítica de una obra de arquitectura hasta que su autor no estuviera muerto, ya que, estando vivos, son ellos los únicos autorizados a hablar sobre sus obras (si es que lo estiman oportuno). Desgraciadamente, la generación de los llamados “pioneros” (para mi generación, la de nuestros abuelos) han fallecido en su gran mayoría. Esta condición nos daría un cierto margen de maniobra, aunque es verdad que la sombra de los grandes maestros es alargada… hay una pléyade de”discípulos de..” que empiezan a ser estomagantes, principalmente porque se presume de lo que no se es, en verdad. Y otros, los “discípulos auténticos”, sin alardear tanto, a menudo están callados en el batallón de reserva por unos u otros motivos. Afortunadamente algunos pudieron hablar en el congreso (“sotianos” como Carlos Puente o López-Peláez; o “oízianos” como Paco Alonso), pero hay que dar voz a más de ellos aún, para que esos admirados “pioneros” no pasen a ser engullidos por el establishment académico que todo lo infecta y acapara. Me refiero a voces de arquitectos colaboradores en los estudios de esos grandes maestros españoles (por ejemplo: ¿Alguien alguna vez nos podrá trasladar la versión de Sota según López-Cotelo?) Y no solo arquitectos, sino ingenieros, promotores, constructores, familiares, etc.

El pasado sábado, en cambio, se dio la excepción…

Silvia y Antonio expusieron sus investigaciones acerca de dos estaciones de servicio madrileñas realizadas por el arquitecto Juan Pedro Capote (1928-), quien asistió a la ponencia desde la primera fila de la sala. La exposición de los dos ponentes gallegos, sin duda la más emotiva de todas las del congreso, apenas tuvo eco en la mesa-coloquio tras las ponencias de  esa última sesión de tarde. Para desgracia de los que allí estuvimos, se le cedió la palabra casi por mero compromiso al autor de aquellas fantásticas gasolineras, pero en seguida el debate fue dirigido (¿?) por la moderadora hacia vericuetos que nos usurparon la voz más autorizada de todas: la del autor. Vano fue el intento de Silvia por reclamar su atención, aunque logró sacarnos el aplauso más sentido del congreso… Os dejo un vídeo donde el propio arquitecto nos habla sobre su obra, por si (como yo) no lo conocíais. Sé que no valdrá para devolverle la palabra que en el congreso, desafortunadamente, no pudo tener, pero seguro que os gustará oírlo a sus 86 años.

 

Otros, mientras tanto, siguieron mirándose el ombligo con displiciencia o pensando en la siguiente frase rimbombante con la que resonar en la sala… y conste que Paco Alonso, pese a su enfático tono, me pareció de los más certeros en sus aportaciones. Pero a veces…

Y en esto que se llegó al menosprecio y cruce de reproches entre los primeros espadas que ocupaban las sillas delanteras, provocando la estupefacción entre los congregados ante tal pelea de egos. Creo que retrata bien a esa élite académica que pretende sigamos queriendo ver gigantes donde solo hay molinos, ocupados como están solo en su propia perpetuación y ensoñamiento. En fin… desafortunado espectáculo y pésima lección si fuera la que, por tratarse de la última intervención-conclusión, nos deberíamos haber llevado a casa los asistentes.

Afortunadamente, ese infausto final no empaña la delicia de escuchar a compañeros tan interesantes ni el placer de conversar y discutir (¿por qué no?) sobre las obras en los breaks del congreso. Así que, pese a que la coordinadora del congreso llegase a mostrar sus dudas sobre la pertinencia de una nueva edición (seguramente abrumada tras esa mesa de conclusiones), muchos de los congresistas salimos de allí alabando iniciativas de tanta calidad como las de este congreso anual, y “amenazando” con volver con nuevo material de investigación para compartir. Si un congreso así ha servido para rescatar de la ignominia a ciertas obras y autores, para desempolvar algunos archivos con olor a naftalina, para poner en contacto a investigadores entre sí, y para que sigamos en la red hablando cada vez más y mejor sobre Arquitectura, creo que se puede decir aquéllo de… ¡¡¡ misión cumplida!!!

Algunos ya hemos “amenazado” con regresar a la tercera edición con nuevo material de investigación para compartir. Porque, al fin y al cabo, lo que nos mueve es nuestra común afición (quizá desmesurada, lo admito) por la Arquitectura…

 

 

 

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